Tus lágrimas lo conmueven

lagrimas

La veo allí, llena de dolor, siguiendo la procesión fúnebre encabezada por el cuerpo sin vida de su único hijo.

Ya había pasado por un dolor similar cuando falleció su marido, pero ahora, la desgracia es aún mayor, la pena es más fuerte.

No hay esperanzas para ella, ya nada puede hacer para que su hijo vuelva a la vida.

Ha de empezar a olvidar el brío con el que en antaño él le regalaba besos de buenos días, abrazándola con sus brazos fuertes y jóvenes.

Ahora tan sólo le queda la pena y el silencio, el ahogo, como música de fondo, para recordar los días pasados.

Jesús está allí.

Pasaba por la ciudad cuando ha visto la procesión.

El llanto de ella lo conmueve.

Ve rodar las lágrimas por el rostro de una mujer a la que la muerte le ha arrebatado lo único que poseía.

“¡No llores!”, le ruega.

Se acerca hasta el féretro, despierta la esperanza, ilumina los corazones y regala vida.

Esa mujer, maltratada por la aflicción, es gratificada con un nuevo renacer.

No tiene palabras, ¿qué decir cuando ha sido premiada con lo más grande?

Jesús sigue su camino.

Deja atrás a esa viuda, atónita, sobrecogida, agradecida,

Él sigue su camino, sigue conmoviéndose con cada lágrima que se derrama.

A veces dudamos de ello, pensamos que está ausente.

Nos sentimos desolados frente a circunstancias que nos afectan.

Pero él no pasa de largo.

¿No lo sientes?

Quizá está tan cerca que no puedes percibirlo.

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