Crónica de un muerto olvidado

En estos tiempos se clasifica a los países por su producto interior bruto (PIB), su renta per capita, el nivel de formación de sus ciudadanos o su respeto y tutela de los derechos humanos. Pues bien, Suiza se encuentra entre los primeros del ranking de países más civilizados. Por ello, causó tanto estupor y vergüenza el documental Crónica de un muerto olvidado, de Pierre Morath, emitido en la televisión suiza el 16 de enero de 2013.

En esta filmación se cuenta que un hombre de cincuenta y tres años, Michel Christen, murió en su apartamento del barrio de las Acacias de Ginebra en enero de 2003 y el cadáver permaneció ahí hasta mayo de 2005. Después de una investigación que duró varios años, el productor del documental ha resucitado la noticia y ha puesto “el dedo en la llaga” de la población ginebrina. ¿Cómo es posible que durante veintiocho meses, aquel ciudadano deshollinador de oficio, padre, vecino de la finca, con amigos, bombero voluntario, muriera pasando inadvertido por todos sus conocidos? Pierre Morath dice: “Su historia es como un descenso a los infiernos; una herida le impide ir al trabajo. Allí, solo, se consume en el alcoholismo, se convierte en odioso para su familia, la pierde, ensombrece en una miseria psicológica y social”.

La sociedad opulenta no quiere saber nada de esos muertos olvidados, posiblemente porque desvelan las miserias humanas que esconde debajo del desarrollo y el estado del bienestar. Pero no se puede callar, ni ocultar la realidad: en Suiza, la policía descubre un promedio de cuatro muertos olvidados por mes; y en Francia, ¡se encontró un cuerpo que llevaba diecisiete años muerto y olvidado en una casa de Lille!

Esto nos hace reflexionar sobre el drama de las relaciones humanas en el mundo de hoy. Pero Dios no se olvida de nosotros: “¿Se olvidará la mujer de lo que dio a luz, para dejar de compadecerse del hijo de su vientre? ¡Aunque ella lo olvide, yo nunca me olvidaré de ti!” (Isa. 49:15).

Ningún pajarillo “cae a tierra sin el permiso de vuestro Padre” aun a pesar de su escaso valor. Lo mismo promete a los creyentes: Dios no se olvidará de nosotros en ningún momento. Desde su morada, mira con interés cada uno de nuestros pasos para indicarnos el mejor camino a seguir.

Autor: Carlos Puyol Buil

cronica

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Cómo mezclar agua y aceite

como mezclar agua y aceite

Que el agua y el aceite no se mezclan es parcialmente cierto, ¡ya que sí sucede en un caso! La mayonesa, que se unta a muchos sándwiches en el mundo, es un claro ejemplo de que pueden mezclarse. ¿Cómo es posible?

Si en un recipiente mezclas vigorosamente agua y aceite lograrás una mezcla; mejor dicho, una emulsión. Luego de un tiempo, cada gotita de aceite buscará unirse a sus compañeras, hasta que ambos líquidos queden separados por completo. El aceite y el agua necesitan ayuda de una sustancia que funcione como “emulsionante” para que su unión sea duradera, como en el caso de la mayonesa.

En la mayoría de las mayonesas fabricadas se usa yema de huevo porque contiene una sustancia llamada lecitina, que es una potente emulsionante. La yema recubre cada gotita de aceite, impide así que las gotas de aceite se unan y provoquen una separación con los demás líquidos.

Muchas veces encontramos personas con las que parecemos agua y aceite; nunca podríamos llevamos bien. En otras ocasiones intentamos “mezclamos” mediante fuerza y velocidad, como al querer unir agua y aceite en un recipiente. Pero al final nos damos cuenta de que todo es aparente.

Para lograr amistades duraderas, de esas que nunca se cortan, necesitas un “emulsionante”. Necesitas a Jesús, el único y poderoso emulsionante. Está comprobado que es genuinamente efectivo. Deja que recubra cada partícula de ti. Comprueba que sí es posible tener amigos más cercanos, incluso, que un hermano.

“Algunas amistades se rompen fácilmente, pero hay amigos más fieles que un hermano” (Proverbios 18:24).

 


Autor: Yaqueline Tello Ayala

Jesús tiene poder suficiente para calmar las tormentas externas, de las circunstancias que te oprimen, afligen y desesperan

Y levantándose, reprendió al viento, y dijo al mar: Calla, enmudece. Y cesó el viento, y se hizo grande bonanza. Y les dijo: ¿Por qué estáis así amedrentados? ¿Cómo no tenéis fe? Marcos 4:39, 40.

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¡Qué escena maravillosa! Ese humilde galileo, a quien pocos segundos antes se lo encontraba aparentemente impotente en los brazos de la debilidad humana, a tal punto que fue el único que se quedó dormido, ahora, como Dueño y Señor de la naturaleza, emite una poderosa orden, cargada de una autoridad y un poder que solo puede detentar el Creador y Sustentador del universo, Dios mismo. Y al instante, aquellas fuerzas incontrolables de la naturaleza, las cuales aun hoy en día, con todo su avance científico y tecnológico el hombre no ha podido dominar, se calman súbitamente, como si fuesen un potrillo salvaje que, al fin, mansamente se entrega en manos de su domador, porque sabe que es inútil resistirse: “Cesó el viento, y se hizo grande bonanza” (vers. 39).

Jesús nos invita a mirar la realidad con otros ojos: no simplemente con los ojos humanos, que ven solamente la realidad visible, palpable, sino también, y sobre todo, a percibir la realidad con los ojos de la fe; con aquellos ojos que nos permiten atisbar el mundo invisible, el mundo de Dios. Es la mirada que nos puede hacer vivir confiados en el amor y el poder de Dios, nuestro Padre, aun en medio de las tormentas de la vida; aun, y especialmente, en esos momentos en los que sientes que te hundes, y que vas camino a la destrucción. Es la mirada que te puede hacer sentir seguro, sabiendo que tu Dios es mayor que tus problemas, y que Jesús tiene poder suficiente para calmar las tormentas externas, de las circunstancias que te oprimen, afligen y desesperan; como también las tormentas internas, de tus luchas espirituales, morales y psicológicas. Porque él es el Dios todopoderoso, que creó el universo con su palabra poderosa, y con esa misma palabra puede devolverte la paz y la calma que tanto necesitas.


Foto por Marvin Paz

¿No es este el Carpintero?

No es este el carpintero-

¿No es éste el carpintero, hijo de María, hermano de Jacobo, de José, de Judas y de Simón? ¿No están también aquí con nosotros sus hermanas? Y se escandalizaban de él. Marcos 6:3.

Con justicia, se podría haber dicho de Jesús: “¿No es este el Rey del universo?” “¿No es este el Juez supremo, Gobernante, Legislador y la Autoridad suprema del cosmos?”

Sin embargo, la referencia que hicieron de Jesús sus propios vecinos de Nazaret, que lo habían conocido bien desde niño como el humilde “hijo del carpintero” (Mat. 13:55), y carpintero él mismo, según dice nuestro texto de reflexión para hoy, arroja una cálida luz sobre la persona de Jesús. Él fue un trabajador manual, como tantos de los que están leyendo estas meditaciones. No fue un gran profesor universitario lleno de títulos académicos y reconocimientos en el mundo intelectual ni un gran empresario del mundo de los negocios. No fue un habilidoso deportista que ganó millones de dólares. Tampoco fue un galán de cine y televisión, por el cual suspiraron millones de jovencitas. No fue un encumbrado político, que ostentara el poder y señoreara sobre una nación entera. Jesús fue un obrero que durante la mayor parte de su vida (treinta años, comparados con los tres años que duró su ministerio público) estuvo sujeto a la disciplina austera y rutinaria de una vida sencilla y humilde, y que cuando tuvo edad suficiente para hacerlo, aprendió desde muy temprano el oficio noble de carpintero, o artesano, con el cual se ganaba trabajosamente la vida, al igual que la mayoría del pueblo de Israel de sus días y que la mayoría de los que hoy habitamos este planeta.

Aquí está este joven, de solo poco más de treinta años, vestido con ropas que no son precisamente de “alta costura”, que solamente se contenta con abrazar a los pobres, a los necesitados, a los humildes; que solo parece interesarse en hablar del amor, la paz, el perdón, la rectitud moral, la pureza del alma, y que no parece interesado en autopromocionarse para ocupar un puesto público y un cargo jerárquico. Es tan solo “el carpintero”, el “hijo del carpintero”.

Pero, cuánto consuelo y fortaleza nos transmite el saber que el Dios del universo, el Creador, Sustentador y Soberano de todo lo que existe, honró a los trabajadores siendo él mismo uno de ellos.


Autor: Pablo M. Claverie.

Recibir el bautismo es el equivalente de “casarse” con Cristo, entregarse a él para amarlo

Recibir el bautismo es el equivalente de casarse

Mas Juan se le oponía, diciendo: Yo necesito ser bautizado por ti, ¿y tú vienes a mí? Pero Jesús le respondió: Deja ahora, porque así conviene que cumplamos toda justicia. Mateo 3:14, 15.

¿Necesitaba Jesús el bautismo? ¿Era él un transgresor que tenía pecados de los cuales debía arrepentirse? En ninguna manera. Ya hemos visto en más de una ocasión que la Biblia presenta la absoluta impecabilidad de Jesucristo.

Sin embargo, Jesús le responde humildemente a Juan, pero con autoridad, que lo bautice, porque “así conviene que cumplamos toda justicia”. En otras palabras, aun cuando Jesús no tenía pecados de los cuales arrepentirse, sino que él mismo vino para quitar nuestros pecados mediante su muerte en la cruz -como Cordero inocente-, se pone a la cabeza de la humanidad y, como Representante nuestro, se identifica con nosotros y hace lo que, en justicia, nadie podría exigirle: pide ser bautizado.

El bautismo no tiene virtudes mágicas, pero es un símbolo muy significativo de nuestra relación con Dios, así como una ceremonia de bodas no le agrega nada mágico a la relación de una pareja que se está casando, pero es un símbolo significativo de la relación de amor, entrega y compromiso que están dispuestos a asumir alegremente los contrayentes. Recibir el bautismo es el equivalente de “casarse” con Cristo, entregarse a él para amarlo, confiar en él, renunciar a toda otra relación de absoluta lealtad (llámese pecado, cosas o personas), hacer su voluntad y servirlo. No es decidir “probar suerte” con Jesús, sino “dedicar nuestra vida con Jesús”; apostar la vida a él.

Con este y otros actos, que veremos más adelante, Jesús también nos enseña otra cosa: su falta de egocentrismo, de apego al yo. Él no defendió sus derechos y prerrogativas divinas en beneficio propio. Él no tenía por qué bautizarse, y sin embargo aceptó someterse a algo que no le correspondía, con tal de damos ejemplo y mostrar su identificación con nosotros. Había algo más grande, más importante que “patalear” y defender su “estatus” espiritual; y eso era salvarnos y mostrarnos el camino que debemos seguir: la renuncia al pecado y la entrega total a Dios.


Autor: Pablo M. Claverie.

¿Qué característica tuya te hace completamente diferente a los demás?

Que caracteristica tuya te hace completamente diferente a los demas

Varios detalles de tu persona son únicas: el color y la textura de tu cabello, tus ojos, la forma del cuerpo, tus huellas digitales y tu aliento. ¡Tu aliento! Sí, es único. Los componentes químicos en el aire que exhala tu boca podrían servir como huellas digitales para identificarte.

El olor que sale de tu boca puede decir mucho más que si te cepillaste o no los dientes. Hay personas cuyo olor, aun si se cepillan cuidadosamente y quitan todo resto de comida, no es muy agradable debido a caries, bacterias o enfermedades presentes, especialmente en el sistema digestivo.

Dios es especialista en crear obras de arte únicas. Desde el pelaje de una cebra, que no se parece al de otra, hasta las flores, que son todas, todas diferentes entre sí. La cantidad de variaciones es infinita en las manos de Dios. En los seres humanos, por ser la obra maestra de toda la creación, puso características que nos identifican, primero que nada, como sus hijos y en segundo lugar, como seres únicos y especiales.

El aliento es imposible de imitar porque lleva la vida. Dios le sopló aliento de vida a Adán en su nariz. Esa es la razón por la cual tu aliento, el aire que exhalas por la boca, es tan importante. También dice que eres creación de Dios.

Cualquier estatuilla o muñeco pueden parecerse mucho a un ser humano, pero el aliento es parte del sello que Dios puso al creamos.

Siéntete feliz de saber que no eres cualquier cosa. Eres un(a) hijo(a) de Dios, creado(a) a su imagen. Llevas su aliento en ti lo cual te hace muy especial.

“Alabaré al Señor mientras yo viva; cantaré himnos a mi Dios mientras yo exista” (Salmo 146:2).


Autor: Yaqueline Tello Ayala