Secretos de belleza

He aprendido a verme hermosa. No por lo que veo en el espejo, sino por la bondad de Cristo en mi vida. Mi corazón fue lacerado durante años por palabras ingratas: “¿Acaso no te has visto en un espejo? ¿Quién se va a fijar en ti?”.

¿Cómo puede sentirse fea una verdadera princesa? Eso eres tú: la hija del Rey. Pero no de cualquier rey. Si nosotras tomáramos conciencia de quién es Dios, de su gran poder, de su bondad, de las bendiciones que disfrutamos cada día de su mano, y que quizá ni las hemos identificado como tales, dejaríamos de sentirnos mal por nuestra apariencia física o por lo que somos.

La belleza está al alcance de toda hija del Rey. Cada mañana, al despertar, recibamos el baño de Agua de Vida, que hermosea el rostro y borra las arrugas causadas por el dolor de este mundo. No salgamos de casa sin colocar en nuestro rostro las suavizantes sonrisas que dan la lectura de la Biblia y la oración.

No se te ocurra salir sin la protección que tu cuerpo, mente y alma necesitan, pues las batallas del día requieren de ti una fe abundante. Riega tu cuerpo con el aroma maravilloso del amor de Jesús, para que él te inspire a hacer buenas obras, con las cuales perfumar, no solo tu día, sino también el de los demás.

Por último, no te olvides del toque magistral de belleza: la continua presencia de Cristo en tu día. Si al verte en el espejo te sientes feliz con lo que ves, alaba al Señor y conságrate a su servicio por ese día. Pero si, por casualidad, no te sientes contenta con lo que ves, recuerda que tienes en tus manos la potestad de cambiarlo, aplicando en tu vida esta receta de belleza. Si tú misma te sientes hermosa, los que estén a tu alrededor te mirarán del mismo modo. Hermana mía, querida princesa de Dios, la verdadera belleza está en la plenitud de la presencia de Cristo en tu vida.— Evidelia Gómez.

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¿Sabes de algún animal famoso por su mal carácter?

Además de algunas razas de perros, el camello es de los que tienen mala reputación. Hay quienes cuentan sus aventuras en el desierto con estos animales y dicen que son muy malhumorados, gritan y patean incluso a sus amos si no están dispuestos a hacer lo que se les pide. Hasta escupen un líquido maloliente cuando están enojados. Aunque es cierto que la mayoría de los camellos trabajan de buen humor, los de mal carácter les crearon mala fama a todos.

Algo parecido pasa con los seres humanos. El mal carácter puede ser la causa de tu mala fama. Es la “ropa” con que se cubre una persona débil que no ha estado cerca de Dios desde hace mucho tiempo.

La Biblia menciona a un hombre de tan mal carácter que, según su criado, no se podía hablar con él. Se llamaba Nabal, y David, que también tenía mal carácter, estuvo a punto de acabar con él y todas sus posesiones, por grosero e irrespetuoso.

Afortunadamente, Nabal estaba casado con Abigail, una mujer hermosa, inteligente y de lindo carácter. Ella salió a recibir a David y se disculpó por la conducta de su esposo. David aceptó las disculpas y perdonó la vida de Nabal. Este era tan malo que cuando Abigail le contó lo ocurrido, le dio un infarto y se paralizó. Diez días después murió… todo por su mal carácter.

Gritar, insultar, azotar puertas, empujar o golpear la pared o a una persona son como los escupitajos malolientes de un camello enojado. Solamente sirven para que tengas mala fama, como Nabal.

Piénsalo. Si tienes problemas con tu carácter, hay una medicina única y efectiva: el poder del Espíritu Santo. Toma una dosis diaria antes de que te metas en serios problemas o tengas mala salud; todo por el mal carácter.

“Como el marido de usted tiene tan mal genio que no se le puede hablar, piense usted y vea lo que debe hacer, porque con toda seguridad algo malo va a venir contra él y contra toda su familia” (1 Samuel 25:17).

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