Secretos de belleza

He aprendido a verme hermosa. No por lo que veo en el espejo, sino por la bondad de Cristo en mi vida. Mi corazón fue lacerado durante años por palabras ingratas: “¿Acaso no te has visto en un espejo? ¿Quién se va a fijar en ti?”.

¿Cómo puede sentirse fea una verdadera princesa? Eso eres tú: la hija del Rey. Pero no de cualquier rey. Si nosotras tomáramos conciencia de quién es Dios, de su gran poder, de su bondad, de las bendiciones que disfrutamos cada día de su mano, y que quizá ni las hemos identificado como tales, dejaríamos de sentirnos mal por nuestra apariencia física o por lo que somos.

La belleza está al alcance de toda hija del Rey. Cada mañana, al despertar, recibamos el baño de Agua de Vida, que hermosea el rostro y borra las arrugas causadas por el dolor de este mundo. No salgamos de casa sin colocar en nuestro rostro las suavizantes sonrisas que dan la lectura de la Biblia y la oración.

No se te ocurra salir sin la protección que tu cuerpo, mente y alma necesitan, pues las batallas del día requieren de ti una fe abundante. Riega tu cuerpo con el aroma maravilloso del amor de Jesús, para que él te inspire a hacer buenas obras, con las cuales perfumar, no solo tu día, sino también el de los demás.

Por último, no te olvides del toque magistral de belleza: la continua presencia de Cristo en tu día. Si al verte en el espejo te sientes feliz con lo que ves, alaba al Señor y conságrate a su servicio por ese día. Pero si, por casualidad, no te sientes contenta con lo que ves, recuerda que tienes en tus manos la potestad de cambiarlo, aplicando en tu vida esta receta de belleza. Si tú misma te sientes hermosa, los que estén a tu alrededor te mirarán del mismo modo. Hermana mía, querida princesa de Dios, la verdadera belleza está en la plenitud de la presencia de Cristo en tu vida.— Evidelia Gómez.

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