¿La felicidad llegó tarde?

“Sé que todo lo que Dios hace es perpetuo: Nada hay que añadir ni nada que quitar. Dios lo hace para que los hombres teman delante de él” (Eclesiastés 3:14).

Hace tan solo unos días escuché la noticia de un afortunado jugador de la “lotería primitiva” a quien le había correspondido el “gordo”, premiado con ¡cien millones de euros! Era una fortuna inmensa. Este anónimo ganador estaba sin trabajo, penando con el subsidio de desempleo que le daba el Gobierno, cuando le tocó la lotería.

No le sucedió así a Jesús Pacheco, otro ¿afortunado? que, durante la década de los ‘90, acertó una quiniela premiada con 48 millones de pesetas. Tenía 48 años. Llevaba 13 enfermo de silicosis contraída en su trabajo como minero.

Y cuando la asfixia asediaba más cruelmente sus pulmones, como una feroz ironía de la suerte, llegaban a su casa 48 millones, uno por cada año de la aperreada vida que le tocó sufrir. Con la quiniela llegó un último ramalazo de esperanza: ¿Acaso ahora, con dinero, podría combatir el mal que lo atenazaba?
Pero la enfermedad era ya más fuerte que el dinero. Dieciocho días después de aquel venturoso domingo del premio, falleció, con el único “consuelo” de dejar, al menos, resuelta la vida a su mujer y sus hijos. Para Jesús Pacheco, dijeron los periódicos, la “felicidad llegó tarde”.

Historias como esta nos llenan de preguntas, la mayor parte de ellas sin respuesta. Y no son pocos los que las dirigen contra Dios, pidiéndole, exigiéndole, un mundo más piadoso, más justo. ¿Por qué la vida de los hombres parece a veces construida de modo tan cruel? No lo sabemos, pero fenómenos como este no son el resultado del destino fatal, ni de la mala suerte, ni mucho menos de la divina providencia, sino del mundo, del estado de cosas que nosotros mismos nos hemos construido. ¿Es acaso el cielo responsable de que Jesús Pacheco viviera miserablemente en su Galicia natal, que tuviese que asumir un trabajo peligroso o que en las minas se trabajara en condiciones insalubres?

Todos los hombres, y no solo Jesús Pacheco, cuando buscan sus remedios y seguridades fuera de Dios, mueren a la puerta de la felicidad. Salomón sabía que solo Dios hace y ofrece la felicidad que permanece para siempre, la felicidad que nunca llega tarde, a la que no hay nada que añadir ni quitar, la felicidad del amor, de la fe y de la esperanza.

Caminar hacia ella es la única manera posible de tenerla en este mundo. Si no lo has hecho ya, emprende hoy el camino.

columpios

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¿Sabías que muchas ostras sienten dolor?

Muchas otras siente dolor, pero no todas lo transforman en perlas bellas y brillantes. Solamente una perla de cada 10 mil se puede considerar una joya fina y valiosa.

Las ostras están formadas por un par de conchas rugosas, llamadas valvas, que parecen encerrar algún tesoro entre ellas. No son atractivas, por fuera o por dentro.

Al abrir una ostra encuentras su parte suave y gelatinosa. A pesar de su aspecto tan poco atractivo, muchas personas comen el interior.

Dentro de las valvas de la ostra suceden cosas increíbles. Para alimentarse, este animalito deja que el agua pase en medio de las conchas y, en el moco de su interior, atrapa restos de algas y cualquier otro desecho. Así se alimenta, filtrando agua. A veces le suceden accidentes. Cualquier objeto extraño, un grano de arena, trocito de basura o parásito que la ostra no puede digerir, va al fondo de la valva inferior. Le causa una herida a la ostra y le duele.

Para luchar contra el intruso la ostra lo envuelve en una sustancia llamada nácar. Se puede quedar ahí durante años. Poco a poco, la ostra lo cubre con más capas de nácar. Después de cinco o diez años, el intruso, que hada daño, se convierte en una hermosa perla.

¿Has padecido una situación dolorosa? Rechazo, violencia, fracaso; son algunas de las cosas que más duelen. Decide qué harás. ¿Lamentarte toda tu vida porque tus compañeros nunca te aceptaron, reprobaste o sientes que nadie te quiere? Mejor combate al “granito de arena” que te lastima y pídele a Dios que lo transforme, con el tiempo, en una perla valiosa: en alegría genuina.

“Yo les daré consuelo: convertiré su llanto en alegría, y les daré una alegría mayor que su dolor” (Jeremías 31:13).

esperando desierto

A Dios le duele el corazón

Y vio Jehová que la maldad de los hombres era mucha en la tierra, y que todo designio de los pensamientos del corazón de ellos era de continuo solamente el mal. Y se arrepintió Jehová de haber hecho hombre en la tierra, y le dolió en su corazón. Génesis 6:5, 6.

¿Qué imagen tienes de Dios? ¿De un ser imperturbable, “acomodado en su gloria”, que mira de manera flemática lo que sucede en nuestro mundo, todo su dolor y miseria, como diciendo: “Ustedes eligieron ese camino. Arréglense como puedan”?

Desde sus primeras páginas, la Biblia nos habla de cuánto nos ama Dios y cuánto dolor ha traído a su corazón el terrible experimento de la rebelión.

Nuestro texto de reflexión para hoy describe los sentimientos del corazón de Dios por causa de la maldad que había en la Tierra antes del diluvio. El ser humano había llegado a un punto, similar al que vivimos hoy, en que “la maldad de los hombres era mucha en la tierra, y… todo designio de los pensamientos del corazón de ellos era de continuo solamente el mal”. Por supuesto, toda esta maldad traía sus consecuencias en términos de violencia, abuso, deshonestidad, depravación moral, lo que provocaba un estado de sufrimiento terrible a la humanidad de aquel entonces, como también lo provoca la maldad que existe hoy.

Imagínate si tuviéramos noticia de todos y cada uno de los sufrimientos que padecen todas y cada una de las personas, y no solo tuviésemos noticias, sino también estuviésemos obligados a contemplar a cada momento tanto dolor. Pues, eso es lo que le sucede a Dios. Él es omnipresente y a su vez omnisapiente. No hay nada que se esconda de su presencia, de su mirada y de su conocimiento (Sal. 139).

No solo nosotros sufrimos como consecuencia del pecado. Dios también sufre intensamente. Y, si bien seguramente a Dios no le sucede como a nosotros, que llegamos a desesperarnos por el dolor y hasta en algunos casos a enloquecer, seguramente no estaría muy desacertado el filósofo ateo y anticristiano Friedrich Nietzsche cuando sentenció: “Dios tiene su propio infierno, que es su amor por los hombres”.

escena del crimen

Tu vida está en buenas manos

Entonces respondió Jehová a Job desde un torbellino, y dijo: ¿Quién es ése que oscurece el consejo con palabras sin sabiduría? Ahora ciñe como varón tus lomos; yo te preguntaré, y tú me contestarás. ¿Dónde estabas tú cuando yo fundaba la tierra? Házmelo saber, si tienes inteligencia. Job 38:1-4.

Al igual que Job, el sufrimiento en muchas ocasiones nos ha empujado hasta los límites de la fe, y a veces sentimos que navegamos entre la fe y el ateísmo, que tenemos un pie en cada uno de ellos; que andamos al filo del abismo de la duda y el escepticismo.

Pero por fin Dios rompe el silencio. Le habla a Job. Lo más notable es que en ningún momento le explica por qué o para qué permitió que sufriera tanto. Seguramente, porque el misterio del pecado y del dolor es tan grande, tan grave, que el hombre no puede llegar a captarlo.

Y, a continuación, y durante cuatro bellísimos capítulos del libro de Job, cargados de una exquisita poesía de características semíticas (que utiliza el paralelismo de ideas, antes que la rima), Dios se dedica a lanzarle una serie innumerable de preguntas, todas centradas en un tema: el poder infinito, la sabiduría infinita y el amor de Dios tal como se revelan en su obra creadora y sustentadora de las maravillas y bellezas de nuestro mundo. Todas están dirigidas a hacer reflexionar al patriarca sobre con quién está tratando; quién es, en realidad, ese Ser supremo al que Job amó tanto, reverenció y sirvió en los momentos de paz y prosperidad, y ante quien ahora protesta e inquiere.

Dios es a quien debemos todo lo que hace deseable la vida, todo lo bueno que tenemos y de lo cual gozamos, todas las bendiciones de la vida. Si no fuese por su poder creador, nada existiría, ni siquiera nosotros. Si no fuese por su poder sustentador, por su cuidado constante, ningún ser conservaría su existencia ni duraría un solo segundo en este planeta ni en el universo.

En síntesis, lo que Dios quiere decirle al patriarca es: Job, aunque no entiendas lo que te pasa, ni yo te lo explique ahora porque aún no puedes comprenderlo, confía en mí. Tu vida está en buenas manos.

guarjila

Cuando te encuentres con alguien que sufre

Respondió Job, y dijo: Muchas veces he oído cosas como estas: Consoladores molestos sois todos vosotros. ¿Tendrán fin las palabras vacías?… También yo podría hablar como vosotros, si vuestra alma estuviera en lugar de la mía… Pero yo os alentaría con mis palabras, y la consolación de mis labios apaciguaría vuestro dolor. Job 16:1-5.

¿Te ha tocado tener que consolar a alguien aquejado de algún dolor profundo, ante una pérdida irreparable? ¿No has sentido que te faltaban palabras porque, aunque conocías la teoría del evangelio y la belleza del mensaje cristiano, sabías que a la persona que tenías enfrente poco podían afectar las construcciones teóricas? En esos momentos, mandan los sentimientos: la angustia, la pena, el sufrimiento, la depresión. Tienes que dejar que la persona se desahogue, que se ponga en contacto con lo que siente y que pueda expresar libremente su dolor. Ahorra palabras. Manifiesta, más bien, tu apoyo emocional y tu simpatía.

Como lo hicieron los amigos de Job en una segunda etapa de su visita, hay personas que están más interesadas en “defender” a Dios, por los reproches que los hombres le hacen por causa del sufrimiento, que en llevar consuelo al sufriente. Entonces, acuden a generalizaciones, pensando que todas las personas son iguales y que deberían reaccionar de la misma forma frente al sufrimiento. Fallan en manifestar la generosidad, la abnegación y la empatia suficientes como para adentrarse en el dolor del que sufre, y poder compartir su carga de aflicción.

Por eso, hoy, cuando te encuentres con alguien que sufre, no trates de hacer teología con él. Acepta su enojo contra Dios, contra la vida, incluso contra ti, a quien tal vez quiera tomar como chivo expiatorio para manifestar su ira. Eso es parte del proceso del duelo. Comparte su dolor, en vez de combatirlo a él por causa de su pena. Dios lo comprende y acepta, y si tú mismo estás pasando ahora por una experiencia de sufrimiento que te hace sentir enojado contra Dios, debes saber que tu Padre celestial te comprende, se compadece de ti. Él te acompaña en cada etapa de este proceso de sobrevivir al sufrimiento y salir más fuerte de él. Solo ten paciencia contigo mismo, con otros… y con Dios.

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